Resumen

La incorporación de la inteligencia artificial (IA) al ámbito militar está transformando de manera profunda la naturaleza de los conflictos armados. Sin embargo, gran parte del debate académico continúa centrado en el empleo de sistemas autónomos contra objetivos humanos, dejando en un segundo plano una evolución igualmente trascendental: la confrontación entre sistemas de inteligencia artificial. El presente trabajo sostiene que la nueva carrera armamentística ya no consiste únicamente en desarrollar plataformas más autónomas, sino en diseñar algoritmos capaces de detectar, engañar, degradar o neutralizar a otros algoritmos adversarios.

Este fenómeno, que puede definirse como guerra algorítmica (Algorithmic Warfare) o IA contra IA, modifica conceptos clásicos de superioridad militar al desplazar el centro de gravedad desde las plataformas físicas hacia el software, los modelos de aprendizaje automático, la capacidad computacional y la calidad de los datos. A diferencia de las carreras armamentísticas del siglo XX, donde el poder se medía en divisiones acorazadas o arsenales nucleares, la competencia contemporánea se desarrolla en centros de datos, infraestructuras digitales y laboratorios especializados en inteligencia artificial.

El estudio analiza la evolución doctrinal de esta nueva dimensión del conflicto, las principales técnicas empleadas para comprometer sistemas inteligentes —como los ataques adversariales, el envenenamiento de datos o el robo de modelos—, los programas actualmente impulsados por las principales potencias militares y las implicaciones estratégicas y jurídicas derivadas de una confrontación donde los algoritmos se convierten simultáneamente en arma, objetivo y campo de batalla.

1. Introducción

Las grandes transformaciones de la guerra han estado históricamente asociadas a revoluciones tecnológicas que alteraron de forma irreversible la relación entre el combatiente, el armamento y el campo de batalla. La pólvora sustituyó progresivamente a las armas blancas; la máquina de vapor permitió la industrialización del esfuerzo bélico; la aviación modificó la profundidad estratégica de los conflictos; la energía nuclear introdujo la lógica de la disuasión, mientras que la revolución informática convirtió la información en un recurso militar de primer orden.

En la actualidad, la inteligencia artificial representa la siguiente gran transformación tecnológica de la guerra. Sin embargo, limitar su impacto al desarrollo de armas autónomas o drones inteligentes supone una visión incompleta del fenómeno. La verdadera revolución no radica únicamente en que las máquinas puedan sustituir determinadas funciones humanas, sino en que puedan enfrentarse directamente a otras máquinas igualmente inteligentes.

Por primera vez en la historia militar, una tecnología posee la capacidad de analizar, anticipar, aprender y adaptar su comportamiento frente a otra tecnología que dispone de las mismas capacidades. Esta circunstancia inaugura un escenario estratégico completamente diferente, caracterizado por la competencia permanente entre algoritmos que buscan imponerse unos sobre otros mediante procesos de aprendizaje continuo.

Esta nueva dimensión permanece prácticamente invisible para la opinión pública porque raramente produce imágenes espectaculares comparables al lanzamiento de un misil o al despliegue de un portaaviones. Sin embargo, sus consecuencias pueden resultar incluso más determinantes. Antes de que un misil alcance su objetivo, una inteligencia artificial habrá identificado la amenaza, evaluado múltiples cursos de acción, seleccionado la respuesta más eficiente y coordinado diversos sistemas defensivos en cuestión de milisegundos. Del mismo modo, otra inteligencia artificial intentará engañar al algoritmo enemigo, alterar sus datos o provocar errores en su proceso de decisión.

La competición militar comienza, por tanto, mucho antes del enfrentamiento físico.

Este cambio obliga a reconsiderar conceptos fundamentales de la estrategia. Tradicionalmente, la superioridad militar se asociaba al número de soldados, plataformas o sistemas de armas disponibles. Posteriormente, la revolución tecnológica trasladó esa ventaja hacia la precisión, la información y la capacidad de mando y control. En la actualidad, la superioridad estratégica depende cada vez más de la capacidad para desarrollar algoritmos robustos, infraestructuras computacionales avanzadas y conjuntos de datos de alta calidad que permitan entrenar modelos más eficaces que los del adversario.

No resulta casual que Estados Unidos, China, Rusia o los principales Estados miembros de la OTAN hayan situado la inteligencia artificial entre sus prioridades estratégicas. La competencia ya no gira únicamente en torno a la fabricación de nuevos sistemas de armas, sino al dominio del conocimiento computacional que permitirá controlar esos sistemas durante las próximas décadas.

En este contexto, la inteligencia artificial deja de constituir exclusivamente un multiplicador de fuerza para convertirse en un auténtico dominio de confrontación estratégica, comparable a los dominios terrestre, marítimo, aéreo, espacial o cibernético.

La presente investigación parte precisamente de esta premisa.

La hipótesis principal sostiene que la nueva carrera armamentística internacional está evolucionando hacia un modelo de confrontación algorítmica, donde los principales objetivos militares serán las inteligencias artificiales del adversario y no únicamente las plataformas físicas que estas controlan. Consecuentemente, el éxito operacional dependerá tanto de la capacidad para desarrollar algoritmos avanzados como de la posibilidad de degradar, manipular o neutralizar los sistemas inteligentes enemigos.

Para demostrar esta hipótesis, el trabajo analizará la evolución doctrinal de la inteligencia artificial aplicada a la defensa, las tecnologías que permiten la confrontación entre algoritmos, las principales iniciativas desarrolladas por las grandes potencias y las implicaciones estratégicas, operativas y jurídicas derivadas de esta nueva forma de competencia militar.

Lejos de tratarse de un escenario futurista, numerosos programas actualmente en desarrollo dentro del Departamento de Defensa de los Estados Unidos, DARPA, la OTAN o el Ejército Popular de Liberación chino demuestran que la confrontación entre inteligencias artificiales constituye ya una prioridad en materia de seguridad internacional. La guerra del futuro no enfrentará únicamente soldados, vehículos o drones; enfrentará ecosistemas completos de algoritmos capaces de aprender, adaptarse y combatir entre sí.

Comprender esta evolución resulta imprescindible para anticipar la naturaleza de los conflictos del siglo XXI.

2. De la Revolución en los Asuntos Militares a la Revolución Algorítmica

A finales del siglo XX comenzó a consolidarse en los estudios estratégicos el concepto de Revolución en los Asuntos Militares (Revolution in Military Affairs, RMA). Con esta expresión se pretendía describir aquellos cambios tecnológicos capaces de transformar radicalmente la forma de concebir y conducir la guerra. No se trataba únicamente de incorporar nuevas armas, sino de alterar la doctrina, la organización, el adiestramiento y el propio pensamiento estratégico.

La experiencia de la Guerra del Golfo de 1991 marcó un punto de inflexión. Las operaciones desarrolladas por Estados Unidos y sus aliados demostraron que la integración de sistemas de posicionamiento por satélite, armas guiadas de precisión, inteligencia en tiempo real y redes de mando y control permitía alcanzar una superioridad operativa sin precedentes. La denominada Network-Centric Warfare desplazó progresivamente el centro de gravedad desde la masa de fuerzas hacia la información.

Autores como Andrew Marshall, director de la Office of Net Assessment del Departamento de Defensa estadounidense, defendieron que las futuras guerras se decidirían por la capacidad de integrar información y tecnología antes que por el volumen de recursos materiales disponibles. Esta visión influyó decisivamente en la transformación de las fuerzas armadas occidentales durante las décadas siguientes.

Sin embargo, la revolución digital que sustentó aquella transformación constituye únicamente el antecedente de una evolución mucho más profunda. Si la informatización permitió conectar sensores, plataformas y centros de mando, la inteligencia artificial introduce una capacidad inédita: que esas redes no solo transmitan información, sino que aprendan, razonen y adapten su comportamiento de forma dinámica.

La diferencia es sustancial. Los sistemas de mando y control tradicionales seguían dependiendo de operadores humanos para interpretar la información recibida y decidir el curso de acción más adecuado. En cambio, los sistemas basados en inteligencia artificial son capaces de identificar patrones, establecer prioridades, predecir comportamientos y recomendar —o incluso ejecutar— respuestas con una velocidad imposible para cualquier analista humano.

Esta transición ha llevado a numerosos autores a hablar de una auténtica Revolución Algorítmica en los Asuntos Militares, en la que el elemento decisivo deja de ser la mera conectividad para convertirse en la calidad del algoritmo que procesa la información. En otras palabras, la ventaja estratégica ya no reside solo en disponer de más datos, sino en poseer mejores modelos capaces de transformarlos en decisiones operativas superiores.

En este contexto, la inteligencia artificial comienza a desempeñar un papel similar al que desempeñó el radar durante la Segunda Guerra Mundial o la energía nuclear durante la Guerra Fría: una tecnología transversal con capacidad para alterar simultáneamente todos los niveles de la conducción de la guerra, desde la planificación estratégica hasta la ejecución táctica.

Sin embargo, existe una diferencia esencial. Mientras que las revoluciones militares anteriores introdujeron nuevas herramientas al servicio del combatiente, la inteligencia artificial incorpora un nuevo actor capaz de interactuar con otros sistemas inteligentes, dando lugar a una competición permanente entre algoritmos. Es precisamente esta transición la que constituye el objeto central del presente trabajo.

PARTE II

3. Del hombre contra la máquina a la máquina contra la máquina

Durante décadas, el desarrollo tecnológico aplicado a la defensa estuvo orientado hacia un objetivo relativamente sencillo de definir: incrementar las capacidades humanas. La informática permitió procesar grandes volúmenes de información; los satélites ampliaron el conocimiento del campo de batalla; los sistemas de guiado mejoraron la precisión del armamento y los vehículos no tripulados redujeron la exposición directa de los combatientes al riesgo. En todos estos casos, la tecnología actuaba como un multiplicador de fuerza cuyo propósito último era facilitar la toma de decisiones humanas.

La inteligencia artificial altera radicalmente esta lógica.

El elemento disruptivo no reside únicamente en que un algoritmo pueda realizar determinadas tareas con mayor rapidez que un operador humano, sino en que pueda enfrentarse directamente a otro algoritmo igualmente inteligente, compitiendo por la obtención, interpretación y explotación de la información disponible. Este cambio introduce una dimensión inédita en la historia militar: por primera vez, una parte significativa del combate puede desarrollarse sin interacción humana directa, mediante la confrontación de sistemas capaces de aprender, adaptarse y modificar su comportamiento en tiempo real.

En este nuevo escenario, la velocidad deja de medirse únicamente en términos físicos y pasa a depender de la capacidad de procesamiento y aprendizaje de los algoritmos. Un sistema de defensa aérea equipado con inteligencia artificial no espera a que un operador interprete las señales recibidas por el radar. Clasifica automáticamente la amenaza, estima su probabilidad de impacto, prioriza objetivos, selecciona la respuesta más eficiente y coordina los medios disponibles en cuestión de segundos. Si el atacante emplea también inteligencia artificial, modificará continuamente su trayectoria, sus emisiones electromagnéticas o sus patrones de vuelo para dificultar dicha identificación.

La confrontación deja de producirse exclusivamente entre plataformas militares y pasa a desarrollarse entre procesos computacionales.

Paul Scharre sostiene que la inteligencia artificial representa una transformación comparable a la introducción de la pólvora o de la energía nuclear, pero con una diferencia fundamental: mientras aquellas tecnologías alteraban la potencia destructiva, la inteligencia artificial modifica el propio proceso de decisión. En consecuencia, quien consiga acelerar dicho proceso obtendrá una ventaja estratégica difícilmente compensable mediante otros medios (Scharre, Four Battlegrounds, 2023).

Michael Horowitz, uno de los principales especialistas en innovación militar, coincide en señalar que el verdadero valor estratégico de la inteligencia artificial no radica únicamente en automatizar funciones existentes, sino en transformar la velocidad con la que las organizaciones militares generan conocimiento y reaccionan frente a situaciones cambiantes (Horowitz, 2018).

Desde esta perspectiva, la guerra del siglo XXI puede interpretarse como una competición permanente entre sistemas de decisión automatizados.

3.1 La autonomía competitiva

Uno de los conceptos que comienza a adquirir relevancia doctrinal es el de autonomía competitiva. No se trata simplemente de que un sistema funcione sin intervención humana, sino de que sea capaz de mantener esa autonomía frente a intentos deliberados del adversario por degradar o manipular su comportamiento.

En otras palabras, una inteligencia artificial militar no solo debe ser eficaz cuando opera en condiciones ideales; debe seguir siendo fiable cuando otro algoritmo intenta engañarla.

Esta exigencia modifica completamente el diseño de los sistemas militares. Tradicionalmente bastaba con garantizar que un sensor funcionara correctamente. Ahora resulta imprescindible garantizar que continúe interpretando adecuadamente la realidad incluso cuando dicha realidad está siendo manipulada deliberadamente.

Un ejemplo sencillo permite comprender esta transformación. Un dron autónomo encargado de identificar vehículos blindados mediante visión artificial puede alcanzar tasas de reconocimiento superiores al 95 % durante las pruebas realizadas en laboratorio. Sin embargo, en un entorno operativo el adversario intentará alterar las condiciones de iluminación, introducir elementos de camuflaje específicos o generar firmas visuales falsas diseñadas para inducir errores de clasificación.

En consecuencia, la calidad del algoritmo deja de medirse únicamente por su precisión estadística y pasa a depender de su capacidad para resistir intentos deliberados de manipulación.

3.2 La inteligencia artificial como objetivo estratégico

Hasta hace pocos años, destruir un sistema enemigo implicaba neutralizar físicamente el vehículo, el radar o la infraestructura que lo sustentaba.

Hoy esa relación comienza a invertirse.

En numerosos casos resulta mucho más eficiente comprometer el algoritmo que controla un sistema que destruir el propio sistema físico.

Si un misil antiaéreo depende de una inteligencia artificial para distinguir entre aeronaves amigas y enemigas, alterar ese algoritmo puede producir efectos equivalentes —o incluso superiores— a la destrucción del lanzador. Del mismo modo, inutilizar la capacidad de reconocimiento de un enjambre de drones puede resultar más decisivo que derribar individualmente cada una de las aeronaves.

La inteligencia artificial se convierte así en un objetivo militar por derecho propio.

Esta evolución recuerda al proceso experimentado por las redes de mando y control durante la segunda mitad del siglo XX. Inicialmente, el objetivo consistía en destruir las unidades de combate; posteriormente se comprendió que neutralizar sus sistemas de comunicaciones podía producir efectos estratégicos mucho más profundos. La inteligencia artificial representa un nuevo paso en esa evolución: el centro de gravedad ya no reside únicamente en la comunicación entre unidades, sino en la lógica computacional que gobierna sus decisiones.

3.3 Del software al poder estratégico

Durante décadas el software fue considerado un elemento auxiliar del equipamiento militar. Su función consistía en facilitar el funcionamiento de plataformas físicas cuyo verdadero valor residía en su capacidad cinética.

La inteligencia artificial altera esta percepción.

El modelo algorítmico comienza a adquirir un valor estratégico comparable al de una plataforma de armas. Entrenar un sistema avanzado de reconocimiento de objetivos puede requerir años de trabajo, enormes cantidades de datos y recursos computacionales de extraordinaria complejidad. Perder ese modelo supone una degradación operativa cuya recuperación puede prolongarse durante largos periodos de tiempo.

Por este motivo, los algoritmos comienzan a recibir un tratamiento similar al reservado tradicionalmente para tecnologías altamente sensibles.

No resulta casual que numerosos documentos del Departamento de Defensa estadounidense incluyan la protección de modelos de inteligencia artificial dentro de sus prioridades de seguridad nacional. La competición tecnológica deja de centrarse únicamente en la adquisición de plataformas y se desplaza hacia el desarrollo, entrenamiento y protección de algoritmos avanzados.

4. La guerra de algoritmos: cómo una inteligencia artificial combate contra otra

La expresión Algorithmic Warfare ha comenzado a consolidarse en la literatura estratégica para describir un conjunto de operaciones cuyo objetivo principal consiste en obtener superioridad mediante el empleo de algoritmos capaces de analizar, aprender y actuar sobre otros sistemas inteligentes.

Aunque el término suele asociarse al Proyecto Maven del Departamento de Defensa de los Estados Unidos, su significado ha evolucionado considerablemente durante la última década. En la actualidad ya no describe únicamente el empleo de inteligencia artificial para analizar imágenes o procesar información, sino un ecosistema completo de confrontación donde los algoritmos constituyen simultáneamente herramientas operativas, objetivos militares y elementos decisivos para la obtención de superioridad estratégica.

La guerra algorítmica presenta una característica singular: gran parte del combate tiene lugar antes del enfrentamiento físico.

Mientras las doctrinas clásicas se centraban en destruir plataformas enemigas, la confrontación algorítmica busca alterar el proceso de decisión del adversario. En consecuencia, las operaciones pueden dirigirse contra los datos utilizados para entrenar modelos, los sensores que alimentan dichos modelos o los propios algoritmos responsables de interpretar la información recibida.

Desde esta perspectiva, la destrucción física deja de constituir el único mecanismo para neutralizar una capacidad militar.

4.1 Adversarial Machine Learning: engañar a la inteligencia artificial

Uno de los ámbitos más desarrollados de la investigación en seguridad aplicada a la inteligencia artificial es el denominado Adversarial Machine Learning.

Este campo estudia cómo pequeñas modificaciones cuidadosamente diseñadas pueden inducir errores graves en sistemas de aprendizaje automático.

Lo verdaderamente preocupante es que dichas modificaciones suelen resultar prácticamente imperceptibles para un observador humano.

Un ejemplo clásico procede de la investigación universitaria. Diversos equipos demostraron que bastaba con colocar unas pequeñas pegatinas negras y blancas sobre una señal de tráfico para que una red neuronal dejara de interpretarla como una señal de "STOP" y la clasificara erróneamente como un límite de velocidad. El conductor humano seguía viendo claramente la señal original; la inteligencia artificial, sin embargo, interpretaba una realidad completamente distinta.

Trasladado al ámbito militar, el potencial resulta evidente.

Un vehículo blindado podría incorporar patrones de camuflaje específicamente diseñados para inducir errores en sistemas automáticos de reconocimiento.

Un dron podría modificar ligeramente su firma visual para ser clasificado como un ave.

Un misil de crucero podría alterar determinadas emisiones electromagnéticas con el fin de confundirse con otra plataforma.

Incluso podrían desarrollarse señuelos cuya única finalidad consistiera en engañar algoritmos enemigos, independientemente de que resultaran convincentes para observadores humanos.

En este contexto, el camuflaje tradicional evoluciona hacia un camuflaje algorítmico, diseñado no para ocultarse del ojo humano sino para confundir modelos de aprendizaje automático.

DARPA fue uno de los primeros organismos en reconocer esta amenaza mediante el programa GARD (Guaranteeing AI Robustness Against Deception), destinado a desarrollar técnicas capaces de detectar y neutralizar ataques adversariales antes de que afecten a sistemas militares críticos.

4.2 La fragilidad de los modelos inteligentes

Paradójicamente, cuanto más sofisticado resulta un modelo de inteligencia artificial, mayor puede ser su superficie de ataque.

Los modelos contemporáneos contienen millones —e incluso miles de millones— de parámetros entrenados mediante enormes conjuntos de datos. Esta complejidad permite alcanzar niveles extraordinarios de precisión, pero también introduce vulnerabilidades difíciles de identificar.

A diferencia de un programa tradicional, cuyo comportamiento responde a reglas explícitas definidas por un programador, una red neuronal aprende relaciones estadísticas cuya lógica interna resulta frecuentemente opaca incluso para sus propios desarrolladores.

Esta característica explica por qué pequeños cambios aparentemente irrelevantes pueden desencadenar errores desproporcionados.

En términos estratégicos, ello implica que la superioridad tecnológica ya no depende exclusivamente del rendimiento del algoritmo, sino también de la profundidad con la que se comprendan sus vulnerabilidades.

Los futuros conflictos probablemente enfrentarán equipos especializados no solo en desarrollar mejores inteligencias artificiales, sino también en descubrir los puntos débiles de las inteligencias artificiales adversarias antes de que estas entren en combate.

PARTE III

5. El nuevo campo de batalla: atacar la inteligencia artificial

La historia militar demuestra que toda innovación tecnológica genera, tarde o temprano, una contramedida. La aparición del carro de combate condujo al desarrollo de armas anticarro; el radar impulsó la guerra electrónica; la aviación estratégica dio lugar a los sistemas de defensa aérea; la revolución digital propició el nacimiento de la ciberguerra.

La inteligencia artificial no constituye una excepción.

A medida que los sistemas basados en aprendizaje automático adquieren un papel central en la planificación, el reconocimiento, la adquisición de objetivos o la conducción de operaciones, se convierten inevitablemente en objetivos prioritarios. En consecuencia, una parte creciente de la investigación militar ya no se orienta únicamente a desarrollar inteligencias artificiales más avanzadas, sino a comprender cómo degradarlas, manipularlas o inutilizarlas.

Este fenómeno supone un cambio de paradigma. En la guerra convencional, el objetivo principal es destruir las capacidades materiales del adversario. En la confrontación algorítmica, el propósito consiste en alterar la forma en que el enemigo interpreta la realidad. El ataque deja de dirigirse exclusivamente contra la plataforma física y pasa a centrarse en el proceso cognitivo de la máquina.

En cierto modo, la inteligencia artificial comienza a ser tratada como si fuese un combatiente: observa, interpreta, decide y actúa. Si ese proceso puede ser manipulado, la ventaja tecnológica desaparece.

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5.1 Data Poisoning: cuando el enemigo enseña a equivocarse

Entre las amenazas más complejas para los sistemas de aprendizaje automático destaca el denominado Data Poisoning o envenenamiento de datos.

Todo sistema de inteligencia artificial aprende a partir de grandes volúmenes de información. Durante el entrenamiento, el algoritmo identifica regularidades estadísticas que posteriormente utilizará para clasificar imágenes, reconocer objetos o predecir comportamientos.

La calidad del modelo depende, por tanto, de la calidad de los datos utilizados para entrenarlo.

Si un adversario consigue introducir información falsa durante esa fase, el sistema aprenderá patrones incorrectos sin que los desarrolladores sean conscientes de ello. A diferencia de un ataque convencional, cuyos efectos suelen manifestarse inmediatamente, el envenenamiento de datos puede permanecer oculto durante meses o incluso años, activándose únicamente cuando el sistema entra en funcionamiento.

Imaginemos un modelo entrenado para reconocer vehículos blindados. Si miles de imágenes de carros de combate aparecen etiquetadas erróneamente como vehículos civiles, el algoritmo terminará incorporando esa asociación como parte de su conocimiento. El fallo no será consecuencia de un error de programación, sino del propio proceso de aprendizaje.

En el ámbito militar, las implicaciones son extraordinarias.

Una inteligencia artificial destinada a identificar lanzadores de misiles podría dejar de detectarlos precisamente cuando fuera más necesario. Del mismo modo, un sistema encargado de distinguir entre aeronaves amigas y enemigas podría cometer errores sistemáticos cuya causa resultaría extremadamente difícil de localizar.

DARPA, MITRE y diversos laboratorios del Departamento de Defensa han advertido que la protección de las cadenas de datos constituye uno de los principales retos de la inteligencia artificial militar. En consecuencia, la seguridad deja de limitarse a proteger redes o servidores; es necesario garantizar la integridad del conocimiento adquirido por los propios algoritmos.

5.2 Model Stealing: el espionaje del siglo XXI

Durante la Guerra Fría, el espionaje industrial y militar perseguía obtener planos de aeronaves, sistemas de guiado o tecnologías nucleares.

En la actualidad, uno de los activos más valiosos puede ser un modelo de inteligencia artificial.

El denominado Model Stealing consiste en obtener, copiar o reconstruir el funcionamiento interno de un algoritmo desarrollado por un adversario.

A primera vista, podría parecer una amenaza exclusivamente económica. Sin embargo, desde la perspectiva militar posee implicaciones mucho más profundas.

Entrenar un modelo avanzado requiere cantidades ingentes de datos, infraestructuras computacionales de alto rendimiento y meses —o incluso años— de trabajo especializado. Copiar ese conocimiento permite ahorrar enormes recursos y, además, facilita descubrir las vulnerabilidades del sistema original.

Quien conoce cómo piensa una inteligencia artificial posee mayores posibilidades de engañarla.

Este principio ha sido ampliamente reconocido por organismos como NIST, que consideran la protección de modelos entrenados una prioridad de seguridad nacional.

En el futuro, es razonable pensar que los algoritmos militares recibirán un tratamiento similar al que actualmente se concede a los sistemas criptográficos o a las tecnologías relacionadas con la propulsión nuclear.

5.3 Prompt Injection y modelos generativos

La irrupción de los grandes modelos lingüísticos (LLM) ha abierto una nueva dimensión dentro de

la seguridad aplicada a la inteligencia artificial.

Aunque estos sistemas todavía desempeñan funciones limitadas en el ámbito militar, numerosos programas experimentales exploran su utilización para apoyar procesos de planificación, análisis de inteligencia, elaboración de informes y asistencia a la toma de decisiones.

Su incorporación plantea vulnerabilidades específicas.

Entre ellas destaca el denominado Prompt Injection, una técnica mediante la cual un atacante introduce instrucciones cuidadosamente diseñadas para alterar el comportamiento esperado del modelo.

En términos sencillos, el sistema continúa funcionando correctamente desde el punto de vista técnico, pero responde siguiendo las prioridades establecidas por el atacante.

Aunque este tipo de ataques resulta especialmente conocido en aplicaciones civiles, diversos estudios advierten de que los futuros sistemas militares basados en modelos generativos deberán incorporar mecanismos específicos para detectar instrucciones maliciosas, manipulación contextual y explotación de memoria conversacional.

La seguridad de estos modelos ya no dependerá únicamente de la protección informática tradicional, sino también de la robustez lingüística y cognitiva de sus procesos de razonamiento.

6. La guerra electrónica cognitiva

La guerra electrónica constituye uno de los ámbitos donde la confrontación entre inteligencias artificiales puede desarrollarse con mayor intensidad.

Tradicionalmente, esta disciplina se ocupaba de interceptar emisiones electromagnéticas, localizar radares enemigos, interferir comunicaciones o proteger los propios sistemas frente a dichas interferencias.

La aparición de la inteligencia artificial modifica profundamente este escenario.

Los sistemas actuales ya son capaces de analizar automáticamente enormes cantidades de señales electromagnéticas, identificar patrones de comportamiento y adaptar sus respuestas sin intervención humana.

Este fenómeno ha dado lugar al concepto de guerra electrónica cognitiva.

Mientras que un sistema convencional responde siguiendo reglas previamente programadas, un sistema cognitivo aprende continuamente del comportamiento del adversario.

Si un radar modifica su frecuencia de funcionamiento, la inteligencia artificial puede detectarlo, clasificar el cambio y generar automáticamente nuevas estrategias de interferencia.

Si el enemigo altera nuevamente sus emisiones, el algoritmo vuelve a adaptarse.

La confrontación se convierte así en un ciclo permanente de aprendizaje mutuo.

No resulta exagerado afirmar que, en determinados escenarios, la velocidad de adaptación del algoritmo puede resultar más importante que la potencia del transmisor o el alcance del radar.

6.1 El espectro electromagnético como entorno inteligente

El espectro electromagnético ha sido tradicionalmente considerado un espacio físico donde se propagan ondas de radio.

Sin embargo, la incorporación de inteligencia artificial transforma este entorno en un ecosistema dinámico donde múltiples algoritmos compiten simultáneamente.

Cada emisión constituye una fuente potencial de información.

Cada interferencia proporciona nuevos datos.

Cada modificación del adversario genera oportunidades de aprendizaje.

Esta acumulación continua de conocimiento permite que los sistemas inteligentes desarrollen comportamientos cada vez más sofisticados.

En consecuencia, la guerra electrónica deja de consistir exclusivamente en interferir señales para convertirse en un proceso permanente de observación, aprendizaje y adaptación.

7. Enjambres autónomos: cuando cientos de inteligencias artificiales cooperan

Uno de los desarrollos más prometedores —y al mismo tiempo más inquietantes— de la inteligencia artificial militar es el empleo de enjambres autónomos (Autonomous Swarms).

A diferencia de los sistemas tradicionales, donde una plataforma central dirige al resto, un enjambre funciona mediante múltiples unidades relativamente simples que cooperan entre sí.

Cada dron posee información limitada.

Sin embargo, el conjunto desarrolla un comportamiento colectivo extraordinariamente complejo.

La inspiración procede de fenómenos naturales.

Las colonias de hormigas.

Los bancos de peces.

Los enjambres de abejas.

Las bandadas de aves.

Ninguno de sus individuos controla al conjunto, pero la cooperación produce una inteligencia emergente capaz de resolver problemas extremadamente complejos.

La inteligencia artificial permite trasladar este principio al ámbito militar.

Un centenar de drones relativamente baratos puede coordinar automáticamente rutas de vuelo, distribuir objetivos, evitar colisiones, reorganizarse tras sufrir pérdidas e incluso modificar su misión conforme evoluciona la situación táctica.

El resultado es un sistema mucho más resiliente que cualquier plataforma individual.

7.1 IA contra IA dentro de un enjambre

La aparición de enjambres autónomos introduce un escenario particularmente relevante para el objeto de este trabajo.

Cuando dos enjambres inteligentes se enfrentan, la confrontación ya no depende únicamente de la calidad de cada vehículo.

Depende de la capacidad colectiva de aprendizaje.

Cada inteligencia artificial intenta anticipar las decisiones del algoritmo contrario.

Cada movimiento genera nuevos datos.

Cada pérdida modifica el comportamiento del grupo.

La batalla deja de ser un intercambio lineal de fuego para convertirse en una competición permanente entre arquitecturas algorítmicas.

En este contexto, destruir algunos drones puede resultar irrelevante si el resto del enjambre reorganiza automáticamente la misión.

La verdadera vulnerabilidad reside en comprometer el algoritmo que coordina el comportamiento colectivo.

7.2 El desafío operativo

Los programas Replicator del Departamento de Defensa estadounidense y diversos proyectos desarrollados por China demuestran que los enjambres autónomos constituyen ya una prioridad estratégica.

Su principal ventaja no reside únicamente en reducir costes.

Su auténtico valor consiste en saturar la capacidad de decisión del adversario.

Incluso si un sistema defensivo logra destruir la mayoría de los drones, debe seguir identificando, clasificando y priorizando cientos de objetivos simultáneamente.

Esta circunstancia obliga a responder mediante otra inteligencia artificial.

Por primera vez en la historia militar, la única forma realista de defenderse frente a una inteligencia artificial puede consistir en desplegar otra inteligencia artificial aún más rápida y robusta.

Ese es, precisamente, el núcleo de la nueva carrera armamentística invisible.

Conclusión parcial

Hasta este punto hemos analizado cómo la inteligencia artificial ha dejado de ser una simple herramienta de apoyo para convertirse en un objetivo estratégico, un arma y un espacio de confrontación. Los ataques adversariales, el envenenamiento de datos, el robo de modelos, la guerra electrónica cognitiva y los enjambres autónomos muestran que la competencia ya no se libra únicamente sobre el terreno, sino también en los algoritmos que interpretan y gobiernan el campo de batalla.

Sin embargo, esta evolución no pertenece únicamente al plano teórico. En los últimos años, diversos conflictos y programas militares han comenzado a ofrecer evidencias de cómo estas capacidades están siendo incorporadas a la planificación y a las operaciones. Analizar esos casos resulta imprescindible para valorar hasta qué punto la confrontación IA contra IA constituye ya una realidad estratégica y no una simple hipótesis tecnológica.

PARTE IV

8. La confrontación algorítmica en los conflictos contemporáneos

Hasta hace pocos años, hablar de enfrentamientos entre sistemas de inteligencia artificial pertenecía más al terreno de la prospectiva que al de la realidad operativa. Sin embargo, los conflictos recientes muestran que la IA ya no constituye únicamente un proyecto de laboratorio, sino un elemento integrado, con diferente grado de madurez, en la planificación militar, el análisis de inteligencia, la adquisición de objetivos y la gestión del campo de batalla.

Conviene, no obstante, realizar una precisión metodológica. A diferencia de otros ámbitos tecnológicos, gran parte de las capacidades militares basadas en inteligencia artificial permanecen clasificadas. Por ello, el análisis debe distinguir cuidadosamente entre capacidades oficialmente reconocidas, empleos documentados y proyecciones razonables basadas en programas públicos de investigación y desarrollo. Confundir estos tres planos conduciría a conclusiones poco rigurosas.

Lejos de la imagen de robots autónomos combatiendo entre sí, la evolución actual apunta hacia una integración progresiva de algoritmos en funciones concretas: reconocimiento automático de imágenes, priorización de objetivos, apoyo al mando y control, optimización logística, mantenimiento predictivo, guerra electrónica y coordinación de sistemas no tripulados. Es precisamente en estos ámbitos donde comienza a observarse la confrontación indirecta entre inteligencias artificiales.

8.1 Ucrania: el laboratorio tecnológico de la guerra contemporánea

La invasión rusa de Ucrania iniciada en 2022 ha sido descrita por numerosos analistas como el conflicto más digitalizado de la historia. Sin llegar a constituir una "guerra de inteligencias artificiales" en sentido estricto, sí ha servido como escenario de experimentación para múltiples tecnologías basadas en aprendizaje automático.

Los sistemas de visión artificial han sido empleados para procesar imágenes obtenidas por satélites, drones comerciales y plataformas militares. El volumen de información generado diariamente supera ampliamente la capacidad de análisis humano, haciendo imprescindible el empleo de algoritmos capaces de identificar vehículos, fortificaciones, movimientos logísticos y cambios en el terreno.

Al mismo tiempo, ambos contendientes han desarrollado intensas campañas de guerra electrónica. La interferencia de sistemas de navegación por satélite (GNSS), el bloqueo de comunicaciones entre drones y operadores o la alteración del espectro electromagnético obligan a adaptar continuamente los algoritmos de navegación y reconocimiento. En este contexto, el éxito de una plataforma depende tanto de su resistencia física como de la capacidad de su software para seguir operando bajo condiciones de degradación deliberada.

El empleo masivo de drones FPV (First Person View) constituye otro ejemplo relevante. Aunque la mayoría siguen dependiendo de operadores humanos, numerosos programas experimentan con funciones de navegación autónoma, reconocimiento de objetivos y seguimiento automático. Estas capacidades permiten reducir la dependencia del enlace de comunicaciones, especialmente cuando el adversario intenta bloquear o interferir la señal.

La experiencia ucraniana demuestra que el software evoluciona mucho más rápido que las plataformas físicas. Mientras el desarrollo de un nuevo vehículo de combate puede requerir años, la actualización de un algoritmo puede realizarse en cuestión de días. Esta aceleración modifica profundamente el ritmo de adaptación militar.

8.2 Estados Unidos: del Proyecto Maven a la integración operacional

Probablemente ningún programa simboliza mejor la incorporación de la inteligencia artificial a la defensa estadounidense que Project Maven, iniciado en 2017.

Su objetivo inicial era relativamente concreto: utilizar algoritmos de visión artificial para analizar automáticamente las enormes cantidades de imágenes obtenidas por drones de vigilancia. Hasta entonces, miles de horas de vídeo debían ser examinadas manualmente por analistas humanos, lo que generaba importantes retrasos.

Maven demostró que la inteligencia artificial podía identificar vehículos, edificaciones y otros objetos de interés con una rapidez muy superior a la del análisis convencional. Sin embargo, el verdadero impacto del proyecto fue doctrinal. Marcó el inicio de una estrategia orientada a integrar la IA en múltiples procesos militares.

A partir de entonces, el Departamento de Defensa impulsó iniciativas como la Joint Artificial Intelligence Center (JAIC), posteriormente integrada en la Chief Digital and Artificial Intelligence Office (CDAO), con el propósito de coordinar el desarrollo de capacidades basadas en IA en todas las ramas de las Fuerzas Armadas.

Más recientemente, programas como Replicator buscan desplegar miles de sistemas autónomos de bajo coste capaces de operar de forma coordinada en escenarios de alta intensidad. La lógica estratégica es clara: aumentar la masa de combate mediante plataformas relativamente económicas, compensando así la creciente sofisticación y coste de los sistemas convencionales.

No obstante, el verdadero elemento diferenciador reside en la capacidad de estos sistemas para compartir información y adaptar colectivamente su comportamiento mediante algoritmos de inteligencia artificial.

8.3 China y la "guerra inteligentizada"

Mientras que la doctrina militar occidental suele utilizar expresiones como Algorithmic Warfare o AI-enabled Warfare, la literatura estratégica china ha desarrollado el concepto de Intelligentized Warfare (Zhìnénghuà Zhànzhēng).

Según esta visión, la inteligencia artificial constituye la siguiente fase evolutiva tras la informatización de la guerra.

Autores vinculados al Ejército Popular de Liberación sostienen que el dominio de la inteligencia artificial determinará el equilibrio estratégico del siglo XXI del mismo modo que la industrialización condicionó los conflictos del siglo XX.

La estrategia china concede especial importancia a varios elementos:

Integración entre inteligencia artificial y guerra electrónica.

Coordinación de enjambres autónomos.

Automatización del mando y control.

Superioridad en el procesamiento masivo de datos.

Desarrollo de sistemas capaces de aprender durante las operaciones.

Aunque gran parte de los programas chinos permanecen bajo un elevado grado de opacidad, resulta evidente que la inteligencia artificial ocupa un lugar central en la planificación estratégica del país.

8.4 La OTAN y la inteligencia artificial responsable

La Alianza Atlántica ha adoptado un enfoque diferente.

Lejos de centrarse exclusivamente en el desarrollo tecnológico, la OTAN ha impulsado principios para garantizar el empleo responsable de la inteligencia artificial en el ámbito militar.

Entre ellos destacan:

Legalidad.

Responsabilidad.

Trazabilidad.

Fiabilidad.

Gobernanza.

Mitigación de sesgos.

Supervisión humana.

Esta aproximación refleja una preocupación creciente: la superioridad tecnológica carecería de legitimidad si los sistemas inteligentes operaran sin garantías suficientes de control, transparencia y cumplimiento del Derecho Internacional Humanitario.

No obstante, incluso dentro de este enfoque normativo, la OTAN reconoce que la competencia futura dependerá en gran medida de la capacidad para integrar inteligencia artificial en todos los niveles de las operaciones militares.

9. La velocidad como arma: el ciclo OODA en la era de la inteligencia artificial

El coronel de la Fuerza Aérea estadounidense John Boyd desarrolló durante la Guerra Fría el conocido ciclo OODA (Observe–Orient–Decide–Act), según el cual la victoria depende de completar más rápidamente que el adversario cuatro fases sucesivas: observar, orientarse, decidir y actuar.

Durante décadas este modelo ha servido como referencia para comprender la dinámica de los conflictos.

La inteligencia artificial modifica profundamente cada una de esas etapas.

Observar. Los sensores actuales generan volúmenes de información imposibles de procesar únicamente mediante operadores humanos. La IA permite filtrar automáticamente datos, detectar anomalías y priorizar amenazas.

Orientar. Los algoritmos integran información procedente de múltiples fuentes —satélites, radares, sensores terrestres, drones y sistemas de inteligencia— generando una imagen operacional mucho más completa.

Decidir. La inteligencia artificial puede evaluar miles de cursos de acción potenciales en cuestión de segundos, estimando probabilidades de éxito, riesgos y consecuencias.

Actuar. Finalmente, los sistemas automatizados permiten ejecutar determinadas respuestas con una velocidad muy superior a la capacidad humana.

La consecuencia estratégica es evidente: quien consiga acelerar su ciclo OODA obtendrá una ventaja operacional significativa.

Sin embargo, esta aceleración también introduce riesgos.

Cuando dos inteligencias artificiales interactúan a velocidades superiores a la capacidad de supervisión humana, aumenta la probabilidad de escaladas involuntarias, errores de clasificación o respuestas desproporcionadas.

La velocidad, por tanto, constituye simultáneamente una ventaja y un factor de inestabilidad.

10. Implicaciones jurídicas y éticas

La confrontación entre inteligencias artificiales plantea desafíos que el Derecho Internacional Humanitario todavía no ha resuelto plenamente.

Tradicionalmente, la responsabilidad jurídica recaía sobre quienes planificaban, ordenaban o ejecutaban una acción militar.

La creciente autonomía de los sistemas inteligentes introduce nuevos interrogantes.

Si un algoritmo manipula deliberadamente el sistema de reconocimiento del adversario provocando un ataque erróneo, ¿quién responde jurídicamente?

¿El desarrollador?

¿El comandante?

¿La cadena de mando?

¿El Estado?

A estas cuestiones se añade otra especialmente relevante.

¿Debe considerarse un ataque contra un algoritmo equivalente a un ciberataque?

¿O constituye una modalidad específica de operación militar?

Aunque todavía no existe consenso internacional, la mayoría de especialistas coinciden en que la responsabilidad última continúa correspondiendo a los Estados y a las personas que deciden emplear dichos sistemas.

No obstante, la creciente complejidad técnica dificulta extraordinariamente reconstruir el proceso de decisión seguido por una inteligencia artificial tras un incidente.

Ello explica el creciente interés por conceptos como la Explainable AI (XAI) y la auditoría algorítmica, orientados a facilitar la trazabilidad de las decisiones automatizadas.

11. Conclusiones

La historia de la guerra puede interpretarse como una sucesión de innovaciones tecnológicas que alteraron el equilibrio entre ofensiva y defensa. La inteligencia artificial representa la más reciente de estas transformaciones, pero introduce una singularidad que la diferencia de todas las anteriores: por primera vez, una tecnología no solo incrementa las capacidades humanas, sino que puede enfrentarse directamente a otra tecnología dotada de capacidades similares.

Esta circunstancia da lugar a una nueva carrera armamentística cuya principal característica es su invisibilidad. Mientras las competiciones estratégicas del siglo XX podían medirse por el número de carros de combate, submarinos o misiles balísticos, la competencia contemporánea depende cada vez más de variables menos visibles: la calidad de los algoritmos, la disponibilidad de datos, la capacidad de computación, la resiliencia del software y la protección frente a ataques cognitivos.

El concepto de IA contra IA no describe un escenario futurista protagonizado por máquinas autónomas librando guerras independientes del ser humano. Describe una evolución mucho más sutil y, precisamente por ello, más relevante. Los algoritmos ya compiten por interpretar el entorno antes que el adversario, identificar amenazas con mayor rapidez, resistir intentos de manipulación y acelerar el proceso de toma de decisiones.

En este contexto, la superioridad militar deja de depender exclusivamente de la plataforma física y pasa a residir, en buena medida, en el conocimiento incorporado al software que la gobierna. Un sistema de armas excepcionalmente sofisticado puede quedar inutilizado si su inteligencia artificial es engañada, degradada o comprometida. Del mismo modo, plataformas relativamente sencillas pueden adquirir un valor estratégico extraordinario cuando operan mediante algoritmos robustos, adaptativos y capaces de cooperar entre sí.

La protección de la inteligencia artificial se convierte, por tanto, en un objetivo estratégico de primer orden. No basta con desarrollar modelos cada vez más precisos; resulta imprescindible garantizar su resistencia frente a ataques adversariales, envenenamiento de datos, robo de modelos y otras técnicas destinadas a alterar su funcionamiento. En consecuencia, la resiliencia algorítmica emerge como un elemento central de la seguridad nacional.

Esta transformación exige también revisar conceptos clásicos de estrategia, doctrina y Derecho Internacional Humanitario. La aceleración del ciclo de decisión, la opacidad inherente a determinados modelos de aprendizaje profundo y la creciente autonomía funcional de los sistemas inteligentes plantean desafíos que no pueden resolverse únicamente mediante respuestas tecnológicas. Será necesario combinar innovación, gobernanza, supervisión humana y cooperación internacional para evitar que la velocidad de las máquinas supere la capacidad de control de las instituciones.

En definitiva, la inteligencia artificial no constituye únicamente una herramienta más dentro del arsenal militar contemporáneo. Se está convirtiendo en un nuevo dominio de confrontación estratégica, donde el verdadero campo de batalla ya no es solo el territorio físico, sino también el espacio algorítmico en el que las máquinas aprenden, deciden y compiten. La próxima carrera armamentística no será necesariamente la más visible, pero probablemente será una de las más decisivas para la seguridad internacional del siglo XXI.